By Bishop Joseph Strickland • June 12, 2018

En el Evangelio de este domingo según san Marcos, capítulo 4, nos presenta con dos imágenes conocidas del Reino de Dios.  La primera habla del germinado oculto de la semilla; el segundo es la imagen muy familiar de la semilla de mostaza.  Cuando consideramos estas dos imágenes, la semilla de mostaza es probablemente la imagen que recibe la mayoría de comentarios. 

La buena noticia de este pasaje es expresada profundamente en la simplicidad de sus imágenes; sin embargo, me quiero enfocar en la primera imagen; el germinado oculto de la semilla.  Una semilla brotando es un imagen básica de la experiencia humana que ha intrigado a los niños por tiempo inmemorial.  El hecho de que Nuestro Señor lo usa para hablar del maravilloso reino de vida y amor en el que Él nos llama para compartir, me recuerda que es tan sencillo complicar la verdad.  Es con frecuencia tan claro y simple como el brote de una semilla.  La belleza de este pasaje es puesta en estas simples palabras, “sin que él sepa cómo.”  Nosotros nos preocupamos de cómo cumpliremos una tarea importante o enfrentamos un desafío desalentador pero, la buena nueva expresada en esta imagen es que Dios realiza su obra de amor y verdad sin que nosotros nos demos cuenta.  ¡Este aspecto oculto de cómo Dios obra en nuestra vida es una buena noticia!  Como aprendimos el domingo pasado, cuando nosotros “hacemos su voluntad” se nos asegura que daremos frutos abundantes como sus hijos e hijas. 

La imagen del Evangelio de san Marcos incrustada en estas simples palabras “sin que él sepa cómo” es un desafío para nosotros. Si somos honestos con nosotros mismos como hombres y mujeres de este mundo, tenemos que admitir que hay mucho que no sabemos.  La vida presente en la que vivimos, nos tienta a creer que podemos saberlo todo; que podemos encontrar las respuestas para todos los misterios del universo.  Sin embargo, estas palabras de la Sagrada Escritura deben, al contrario, hacer que nos demos cuenta que hay mucho que nosotros no sabemos.  Posiblemente el desafío más grande para nosotros es darnos cuenta que, en esta vida, nunca lo sabremos todo.  Aunque este desafío es difícil, especialmente en nuestro tiempo, yo también lo encuentro como una hermosa bendición.  Tenemos un Padre Celestial, Creador de todo, que es la sabiduría misma. Él nos atrae a nosotros como a sus hijos para que así un día podamos compartir su verdad sin límites en la visión beatífica. 

Oremos para que podamos humildemente abrazar la realidad de que esta vida nunca tendremos todas las respuestas y alegrémonos en la invitación de Dios para caminar con El que, un día, compartirá el tesoro de toda su verdad. 

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