By Bishop Joseph Strickland • May 30, 2018

La buena nueva en el Evangelio de este domingo según san Marcos es que Jesús es el cordero pascual.  Todos conocemos este término, y si ustedes son como yo, tendemos a darlo por hecho y realmente no le prestamos la merecida atención.  La liturgia usa este pasaje específico del Evangelio mientras celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo para recordarnos la hermosa verdad que esta frase representa.  La imagen del cordero pascual es tan intensa en significado, que nos regresa al principio de la alianza de amor de Dios con su pueblo y al mismo tiempo literalmente nos impulsa al cumplimiento de la misión de Cristo mientras él está sentado a la derecha de Dios Padre.  La Misa nos acerca a todos nosotros al escuchar estas simples palabras para abrazar en nuestras mentes y en nuestros corazones la plenitud del misterio de Jesucristo y su profundo amor sacrificial por toda la humanidad.  En el Antiguo Testamento, el cordero pascual tenía que ser consumido por el pueblo de Dios, y aunque nosotros tenemos un nuevo cordero pascual, el mismo Jesucristo, todavía debemos literalmente consumir el cordero (Éxodo 12:8).  Cuando en cada Misa cantamos el Cordero de Dios o el Agnus Dei, por un momento tocamos esta hermosa verdad, cuando EL CORDERO está literalmente presente en el altar en el pan consagrado.

El reto del Evangelio para todos nosotros es abrazar verdaderamente esta profunda y hermosa verdad de nuestra fe católica.  Es tan sencillo para nosotros distraernos, tenerlo por asumido y olvidarnos que estamos ante el centro del misterio de lo que significa la vida.  Esto representa la revelación más profunda del amor de Dios por el género humano y nos desafía para crecer en nuestro entendimiento del significado de Su amor.  Nosotros somos desafiados para unir nuestros sacrificios de amor de cada día al sacrificio definitivo del cordero pascual, Jesucristo, que consumimos en cada Misa.

Oremos para que cada vez más profundamente podamos abrazar este maravilloso regalo de nuestro Dios amoroso y nos alejemos del pecado que nos aparta del cordero.

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